Mi quinto cumpleaños

El primer cumpleaños que recuerdo fue cuando hice los 5 años. Era septiembre de 1978 y mi madre y mi tía organizaron una matinee en la casa de Maranga a la que vinieron mis primos –de edades más o menos similares a la mía- y mis compañeritos del jardín de infantes que quedaba a la vuelta de la esquina -muchos de los que con el tiempo se convertirían en los amigos del barrio de toda la vida-.

La verdad es que lo que recuerdo es sólo a partir de una fotografía que creo que hizo mi padre enfocando hacia la mesa del salón, desde el descanso de la escalera que subía al segundo piso. Supongo, por lo opaco y difuso de la foto, que la tomó a eso de las cinco de la tarde, sin mucho rastro de luz solar. Soy el único que está parado encima de una silla, frente a la torta, mirándola con una sonrisa emocionada. A mi alrededor se ve a los otros niños, contentos, también de pie pero sobre el suelo, algunos apoyando sus manos sobre la mesa para poder elevarse y ver mejor el festín de gelatinas, chizitos y el resto de las golosinas.

La otra foto que existe de aquel momento es un primer plano de la torta. Cualquier torta infantil que se precie tiene que tener un motivo, unas figuritas que representen el anhelo del agasajado. En ese año se realizó el mundial de futbol en Argentina y asumo que varios habrán tenido sus tortas decoradas con jugadores de pastillaje, pintados con cuidado con los colores de la selección. Otros habrán pedido a Mickey Mouse, Don Gato u otro personaje de los dibujos animados que veíamos entonces. Yo me pedí el Huáscar.

A punto de cumplir el centenario del inicio de la Guerra con Chile, los homenajes a los héroes caídos en defensa de la patria era una constante en la televisión de esos tiempos. Y el héroe máximo por excelencia en el Perú se llama Miguel Grau, el Gran Almirante de particular y frondosa barba, que capitaneando el Monitor Huáscar puso en jaque a la armada chilena durante varios meses. Nunca mi madre, experta repostera, tuvo que documentarse tanto para hacer una torta.

Le quedó fantástica, horneando placas cuadradas de bizcochos que luego lo iba recortando y forrando con una pasta blanca y otra celeste, armando el barco como si fueran piezas grandotas de Lego, con marineritos de caramelo pintados a mano y uno de ellos, el único que tenía dibujada una barba, en lo más alto de la nave.

Hoy, querida Paule, cumples cinco años y con seguridad tendrás muchos más registros gráficos de lo que fue la celebración de tu cumpleaños que los que yo atesoro. Pero quiero dejarte escrito algunas sensaciones que los archivos digitales nunca podrán almacenar.

Como que desde que se inicio noviembre, a todo momento estabas contando los días que faltaban para tu fiesta. Que ya habías invitado a tus primas, que ya lo sabían todos en la escuela y que tu profesora, el viernes antes de tu celebración, hizo que escribieras “Zorionak Paule” en el dibujo que pintaron ese día.

Que el mismo día de la celebración te levantaste muy temprano, muy temprano, y me despertaste diciendo que estabas muy contenta, que querías estar ya cambiada con la ropa para la fiesta, y nos preguntabas a cada rato, a tu amatxu y a mí, a qué hora íbamos a ir al Txikipark.

Que estuviste nerviosa todo el día y eso te dio un apetito voraz. Que además de tu desayuno, a la media hora querías seguir comiendo. Más aún, como seguías con hambre, adelantamos la hora de la comida y te freí un par de hamburguesas mientras terminaba de hacer los macarrones con tomate que tanto te gustan. Y que después de las hamburguesas y de la natilla que tomaste de postre, todavía te quedó espacio para un plato normal de macarrones (“¡mi plato favorito!”) y otro tarro de yogurt.

Como que fuiste la primera en llegar al Txikipark y que estuvimos haciendo tiempo jugando al futbolín hasta que empezaron a llegar tus amiguitos. Te fuiste a jugar con ellos y en sólo unos minutos todo el espacio se llenó de niños, correteando, jugando con la pelota y trepándose por el castillo para tirarse luego sobre la piscina de bolas.

Que cuando tocó el momento de abrir la piñata, no te dio tiempo para recoger los caramelos ni los juguetitos que llevaba dentro y te pusiste a llorar. Al rato vino tu prima y te dejo algunos de sus chuches, y el niño de quien siempre te acuerdas su nombre, se acercó para entregarte uno de los dos gorritos de fiesta que había recogido.

Que en otro momento de la fiesta nos pusimos a bailar una canción de Bruno Mars, primero haciendo unos pasitos coordinados y luego girándote en el aire, volando como Supergirl. Tu mejor amiga vio que la estábamos pasando muy bien y se acercó para bailar con nosotros haciendo una ronda con ella hasta el final de la canción.

Que así como fuiste la primera en llegar, también fuiste la última en irte, contenta de haber celebrado tu cumpleaños y cansada después de haber jugado durante tanto tiempo. Al llegar a casa fuiste directamente a la cama y te quedaste dormida, agotada de tan ajetreado día que provocó el primer domingo en mucho tiempo en que no te levantaste a primera hora de la mañana para despertarme.

Feliz cumpleaños Pauletxu y que nunca pierdas las ganas de ser feliz. Ya me dirás tú misma, con el correr de los tiempos, que es lo que más recuerdas de tu quinto cumpleaños. A ver si coincidimos.

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