La actuación de Paule

UNO. Desde la semana pasada, Paule estaba tan emocionada con la actuación que realizaría en el programa de fin de curso de la escuela que, en cuanto podía, cantaba y bailaba la coreografía que toda su clase estaba preparando para ese día. Testigo de ello fueron unos amigos que estuvieron con nosotros el fin de semana, su Aitite que la vio un día después del trabajo y la nonagenaria Amama, quien tuvo un pase exclusivo en el salón de su casa.

El martes nos llamaron de la escuela: Paule estaba con fiebre. La fuimos a recoger y vimos que estaba pachuchita, sin su energía habitual. Afortunadamente no era más que uno de los catarros habituales que suelen tener los niños a su edad y que los va tumbando de uno a uno en el colegio, pero estando en la misma semana del evento, cabía la posibilidad de perderse los últimos ensayos, o lo que era peor, la propia actuación.

En los días siguientes, Paule mejoró, la fiebre se controló y el viernes fue a clases sin ningún problema. Ya en casa, nos mostraba su alegría porque se sentía bien y a la mañana siguiente estaría lista para bailar y cantar con sus amigos. El primer inconveniente ya era parte del pasado.

DOS. A pesar de estar ad-portas del verano, los últimos días en nuestra localidad habían sido fríos, nublados y con chaparrones repentinos a cualquier hora del día. Los servicios meteorológicos sólo pronosticaban buen tiempo a partir del domingo, aunque se suponía que el sábado tampoco iba a ser tan malo como en la semana. La escuela preparó el evento al aire libre, confiando en la buena fortuna y en que la mayor descarga de agua ya sucedería en la noche anterior.

Aunque nos habían citado a todos los padres a las once de la mañana, las actuaciones empezaron con algo de retraso. El tiempo parecía que nos acompañaba, a pesar de algunos nubarrones, y las clases fueron presentando sus actos sin ningún problema. Salieron los más grandes, los del grupo de danza moderna, los de dos años y era el momento del turno de los de tres años.

De repente, aquellas nubes grises nos empezaron a cubrir. Paule, sus amigos y sus profesoras salen al escenario y hacen la primera ronda en grupos, sin querer percatarse de lo que estaba por caer. Paule está contenta, alegre, saltando sonriente mientras toma de la mano a dos de sus compañeros. Llega el momento de situarse en parejas. A Paule le toca una amiguita. Se toman de las manos. Yo siento que me cae una gota. Paule espera que empiece la música. Yo siento otra gota. Y otra. Y muchas otras más. Las profesoras bajan a los niños de la tarima, los encargados del sonido tapan con plásticos los equipos y todos corremos a buscar refugio en cualquier cubierta de la escuela. El segundo inconveniente nos dejó empapados.

TRES. Los organizadores nos dijeron que esperásemos diez minutos a que pase el temporal. Pasaron diez. Y diez más. Y otros diez más. Cuando pensamos que todo se había cancelado por la repentina pero previsible lluvia, se hace un claro en el cielo y un fuerte sol nos empieza a iluminar y a calentar la temperatura. Se quitan los plásticos, se limpian rápidamente las sillas y una cuadrilla se hace cargo del secado del escenario. Todo queda listo para continuar con las actuaciones.

Como si fuera un deja-vu, Paule, sus amigos y sus profesoras salen al escenario y hacen la primera ronda en grupos. Paule está contenta, alegre, saltando sonriente mientras toma de la mano a dos de sus compañeros. Llega el momento de situarse en parejas. A Paule le toca una amiguita. Paule le busca las manos. Ella no los da. Paule toma la iniciativa y le coge ambas manos a su amiga. La otra niña parece inmóvil. Empieza la música. Ahora hay que soltarse las manos y darse unas palmas. Paule lo intenta y no tiene respuesta. Presiento algo malo. La música sigue y Paule intenta nuevamente animar las palmas de su compañera. No lo logra. Su amiga esta petrificada. Paule baja la cabeza. Se siente frustrada. Y empieza a llorar. Ahora hay dos niñas en el escenario como estatuas. Y una de ella llora. La segunda maestra recién se percata de lo que sucede y baja a ambas niñas del proscenio. La primera no se da cuenta porque está bailando con una niña que se quedó desparejada. Yo puteo a todos los dioses y corro con rabia en busca de mi hija.

Cuando la veo, Paule sigue llorando, retraída. La abrazo, le doy besos y le digo que bailemos nosotros allí, al lado del escenario. No quiere. Vamos Paule, baila conmigo aquí, al lado de tus amigos. Me vuelve a dar su negativa con la cabeza. No hay forma, Paule está muy dolida. Y yo también. Me la llevo en brazos hacia la salida de la escuela. Llorando me dice “Quiero ir a casa”. Le digo que sí, que iremos donde ella quiera. Y la sigo abrazando fuerte mientras sigo puteando al puto destino. El inconveniente tres fue una estocada mortal.

DESENLACE. Tenemos el coche aparcado lejos de la escuela. En el camino le vuelvo a preguntar a Paule qué quiere. “Quiero ir a casa” me repite. Le digo que sí, pero que antes pasaremos por la tienda de golosinas. “¿Quieres que te compre una chocolatina?” le pregunto tratando de levantar el marrón. Asiente con la cabeza. Llegamos a la tienda y le doy la opción de elegir. Con el chocolate en la mano le vuelvo a preguntar a dónde quiere ir. “Quiero ir a la escuela con mis amiguitos” me dice, dejándome sorprendido con su respuesta. Vuelvo a preguntarle lo mismo, para corroborar sus deseos. “Te he dicho que quiero ir a la escuela con mi amiguitos”. Sonrió. Ella también.

Las actuaciones todavía continúan. La llevo donde están ubicados todos sus amiguitos. Se sienta al lado de la niña con la que tenía que bailar. Se cruzan algunas palabras, Paule le ofrece un trozo de su chocolate y ambas se quedan atentas al espectáculo. Al fin me siento aliviado y yo también vuelvo a mi posición con el resto de los padres.

Queda una última actuación para cerrar el programa en la que participan todos los niños de todas las edades. Al grupo de tres años le toca hacer unos movimientos con un pañuelo al ritmo de la canción. Le entregan el pañuelo a Paule. Mientras el resto de los chicos empiezan a agitarlos, ella no hace nada. Tiene el pañuelo en sus manos pero no lo mueve ni se mueve. Le busco la mirada. No lo consigo. Lo intento otra vez. Paule me mira. Le hago el gesto de mover el pañuelo. Paule sonríe. Vuelvo a hacer el gesto del pañuelo. Paule me vuelve a sonreír… y empieza a agitarlo como el resto de su clase. El inconveniente tres no había sido mortal.

La actuacion de Paule

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