Un final distinto para Seinfeld

Un final distinto para Seinfeld

A mediados de 1998, una semana después de haber ingresado a la cárcel, ‘Los cuatro de Nueva York’ son puestos en libertad. “Pueden irse, han sido indultados” les dice el alcaide al abrirles la celda. “¿Pero quién, cómo?”, se pregunta Jerry. Kramer le susurra al oído “no preguntes nada, no vaya a ser que se trate de una equivocación y después yada yada yada”.

En el vestíbulo de la prisión les espera un viejo conocido. “¡Jackie!” grita Elaine antes de abalanzársele. El abogado Chiles les explica que consiguió el perdón del propio presidente de los Estados Unidos. “Tengo una amiga que estuvo trabajando de becaria en la Casa Blanca” les dice Chiles antes de invitarles a comer en un restaurante de carretera a unos kilómetros del lugar.

“Este lugar apesta, ¿no podríamos haber ido a la cafetería de Monk?” pregunta George. “No hay tiempo, tienen que estar en el aeropuerto dentro de una hora” -le responde el abogado- “Los han dejado salir con una condición: tienen que abandonar inmediatamente los Estados Unidos para no volver jamás”. Los cuatro indultados gritan al unísono “¿Qué?” y consiguen la atención de los otros comensales. Para disimular la situación, George vocifera: “¿Qué? ¡Esta ensalada no tiene remolacha! ¡Mozo, dónde está mi remolacha! ¡Dónde está!”.

Al poco rato un serio camarero deja en la mesa un plato enorme lleno de remolacha rallada. Cuando se retira, Jerry arremete con sus inquietudes al abogado: “¿Cómo lo pueden hacer? ¿Nos van a eliminar sin más como si fuéramos personajes de una ficción?”. “A partir de este momento tomarán otras identidades” -le dice Chiles- “aquí tienen sus nuevos pasaportes y algo de efectivo para los primeros días”. El abogado les obliga a salir del restaurante para continuar el camino hacia el aeropuerto. En la mesa, el plato con la remolacha queda intacto.

En el coche los personajes revisan con más detalle sus nuevas personalidades. “En esa mochila hay algunos accesorios que puede servirles para disfrazarse” les dice Chiles mientras enrumba al aeropuerto Kennedy. Elaine ahora se llama Daniele Pillay, sudafricana de pelo rubio: “¡Me gusta! No sabía que el dorado me iba a quedar tan bien” se contenta la morena mientras se prueba la peluca. Jerry es Gerónimo Sánchez, costarricense de grueso bigote mientras que Kramer se transforma en el emiratí Yaser Al Kassis. George toma la personalidad de Joao Sabrosa, brasileño con un gran tupé. “Te dije que así me parecías más simpático” dice Kramer cuando lo ve con el peluquín puesto.

Jackie Chiles se estaciona frente a una de las puertas de ingreso al aeropuerto. “Aquí tienen sus billetes de avión. Tienen que darse prisa, los pasajeros ya deben estar embarcando” les dice sin bajarse del auto. “¿Pero no vamos a ir todos juntos al mismo lugar? le pregunta Jerry al ver que los cuatro tienen destinos distintos. “Esa era otra condición: ya generaron demasiados infortunios en conjunto” –les dice Chiles- “tengan cuidado ahí afuera’”.

No hay tiempo para grandes despedidas. Los cuatro deben embarcar por distintas terminales y los vuelos anuncian la última llamada. “Los voy a extrañar” dice entre llanto Elaine abrazando a sus compañeros. “Nos volveremos a encontrar” dice Jerry tratando de dar ánimos. “¡Vamos a morir todos!” chilla George. “No se preocupen, todo va a salir bien, ya verán” dice Kramer con una inédita tranquilidad antes de que cada cual corra hacia su correspondiente puerta de embarque.

Un año después, Jerry –taxista en la capital de Costa Rica- recibe una carta en su departamento de San José. Es una invitación de Kramer que incluye unos billetes aéreos a Dubai, ciudad de residencia del nervioso colega. “Quiero ofrecerte algo” lee en la escueta misiva. Similares correos reciben Elaine –peluquera en un barrio de Johannesburgo- y George, quien vive del cuento –como siempre- en una playa de Recife. Nadie entre ellos sabe del reencuentro que planea su larguricho amigo.

Los tres aterrizan a la misma hora en el aeropuerto de Dubai y se reúnen por sorpresa en la zona de recogida de equipajes. Emocionados y alegres, salen juntos hacia la puerta de salida en donde los espera un elegante Cosmo Kramer que embiste todo a su paso en pos de estrecharse con sus amigos. “¡Les dije que todo iba a salir bien!” les recuerda.

“¿Pero qué te ha pasado? ¿Desde cuándo vistes con tanto lujo?” le pregunta Jerry. “Soy el asesor personal del jeque. Me pide consejos y yo se los doy” responde Kramer con su habitual simpleza- “Justo mi última idea es montar un casino”. “¿En medio del desierto? Estás chiflado” le dice George. Kramer les adelanta sus planes camino al aparcamiento: “Será fantástico, vendrá gente importante del todo el mundo. Elaine, quiero que seas la diseñadora del lugar, Jerry tú tendrás tu espectáculo propio y George, serás el encargado de los eventos deportivos. ¡Otra vez juntos, lo ven!”.

Jerry, Elaine y George se miran sorprendidos cuando se escucha la apertura de puertas de un Rolls Royce, último modelo. “Suban, los llevaré al hotel y en el trayecto les cuento más detalles” les dice Kramer. Gira la llave para encender el motor y no arranca. Lo vuelve a intentar uno, dos, tres veces más. Nada. “Esto sólo acaba de empezar” dice Jerry entre las carcajadas de los camaradas.

Publicado en “Asíntotas”, blog colectivo basado en un reto creativo mensual.

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