Don Eulalio

Don Eulalio

“Yo soy el aguatero del asentamiento humano”, me dice Don Eulalio, sin detener su camino. “Somos diez familias que vivimos en lo alto del cerro Sampagüana –en el extrarradio de la capital peruana-. Como acabamos de llegar no tenemos ni luz ni agua ni nada. Nos hemos organizado entre todos para diferentes tareas. Yo me encargo de hacer los viajecitos a la fuente que está del otro lado del cerro. Así por lo menos tenemos agua para cocinar, principalmente para los niños. Nosotros que estamos viejos tomamos cualquier cosa. Nuestro cuerpo ya está acostumbrado, je je je”, puntualiza Eulalio con una sonrisa.

“El promotor nos dijo que era amigo del alcalde y que en unos cuantos días nos darían el certificado de propiedad de los terrenos. Hay que esperar, nomás. Dicen que es peligroso, que antes han habido huaycos por la zona. El que nos trajo nos ha prometido poner un muro de contención. Así por lo menos las piedras no caerán a nuestras casas. Dicen que tampoco es seguro pero creo que puede funcionar. Mientras tanto tendremos que rezar pues, no nos queda otra. Menos mal Diosito siempre nos cuida”.

Le pregunto qué es lo que le motiva a los suyos para irse a vivir en tales condiciones. “Imagínate cómo estábamos antes. La mayoría de nosotros vienen de dos o tres invasiones anteriores. Primero nos sacaron de nuestros pueblos los terroristas. Nos asentamos en un nuevo lugar hasta que nos botaron los narcos. Luego el estado dice que son los dueños de los últimos terrenos en donde estábamos. Vivimos como gitanos pero obligados por las circunstancias. ¿O acaso crees que nos gusta ir yendo y viniendo, de acá para allá, todo el tiempo? Ni que fuésemos masoquistas, je je je”.

Tengo curiosidad acerca de cómo es el día a día de la gente que vive con él, de dónde sacan el dinero para comer. “Hacemos algunos cachuelos, como meternos de albañil en una obra o limpiar los jardines de las casas de los ricachones. Otros son vendedores ambulantes de chicles, gaseosas o cosas chinas para los carros en los semáforos de la avenida principal. A veces los hijos mayores acompañan a sus padres después del colegio. Con lo poco que sacamos hacemos una olla común, donde nuestras señoras se encargan de cocinar para todos. Antes teníamos un comedor social bastante cerca. Ahora tenemos que recursearnos como sea”.

El fuerte viento levanta tal cantidad de tierra que nos hace difícil respirar. Al único que parece no molestarle es a “Matías”, el asno que acompaña a Don Eulalio desde hace más de veinte años. “Mi Matías es fiel, nunca me ha fallado. Me ha acompañado a todas partes y tiene la fuerza de un caballo. Bien fuerte es mi Matías. Cuando recién lo llevé a la comunidad me querían matar. El burro a las cinco de la mañana empezaba a rebuznar y levantaba a todo mundo. Los primeros días tuve que irme a dormir lejos con mi Matías. Pero luego la gente le tomó cariño, además de que nos ayudaba mucho para transportar las cosas, pues. Ahora que ya está un poco viejo y se cansa más, somos nosotros los que tenemos que despertarlo je je je”, se ríe Don Eulalio, mientras Matías, cuál piloto automático, lo lleva a través del polvo a su destino final.

Fotografía de Paula Arbide publicada en su sección Photowriting.

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