Doble o nada

Aceptó el reto y pulsó el botón rojo. El mismo botón que acababa de hacerle ganar dos mil dólares. El mismo botón que estuvo presionando repetidas veces durante más de una hora en ese rincón del piso central del Bellagio, el más lujoso y bello de todos los casinos de Las Vegas. El mismo botón que estuvo reacio, hasta hace apenas un minuto, a devolverle los cuatrocientos dólares con los que había estado apostando. Aquel dinero que formaba parte de la bolsa de viaje y que de manera inconsciente había puesto en juego aprovechando que su mujer estaba de window-shopping.

Había multiplicado su inversión por cinco. Pero eso ya no le era suficiente. Él quería más. Quería multiplicarlo por diez, por veinte, por cuarenta. Su mente no paraba de repetirle “doble o nada, doble o nada, doble o nada”. Pensó en esa ley de los apostadores que no tiene ningún fundamento probado: “a una racha mala le sigue siempre una racha buena”. Pensó en unas vacaciones a lo grande, disfrutando de lujosos restaurantes, de grandes espectáculos y de compras sin restricciones. Pensó en hacer un upgrade a su habitación y pasar una noche de jacuzzi, champagne y sexo desenfrenado con su mujer. Tenía todo eso a sólo un botón de distancia y su suerte recién empezaba a darle beneficio.

El reto consistía en una partida en línea de Blackjack. Otros seis jugadores, en diferentes tragamonedas del mismo casino, también habían aceptado el reto del doble o nada en ese momento: “Niklaus”, “Lauren”, “PureEnergy”, “SuperFreak”, “Lando” y “Portobello”. Él se puso el sobrenombre de “Romario” -a su parecer “el mejor futbolista que he visto en mi vida”-. A Romario le llamó la atención el nombre Portobello. Le hacía recordar su plato favorito: “Portobellos a la napolitana”. La máquina empezó a repartir las cartas y el corazón de Romario empezó a palpitar a más de cien latidos por segundo.

Uno a uno, los tahúres completaron sus jugadas: Niklaus se plantó en diecisiete, Lauren y PureEnergy se pasaron de veintiuno, Lando se quedó en diecinueve y Portobello se plantó con lo que le vino de partida: dos figuras -veinte puntos-. Era el turno de Romario. Le había salido en el arranque un siete y un tres, un inicio bueno que se echó a perder con la siguiente carta: un cuatro. Con catorce puntos, Romario tuvo que tomar una decisión importante: o ser cauteloso y esperar que la banca sobrepase de veintiuno –algo dentro de las probabilidades con el cinco y el ocho que le había salido en el reparto inicial- o arriesgarse a pedir una carta con la baja probabilidad que sea menor o igual a siete. Romario presionó el botón “carta”.

La pantalla le mostró el naipe solicitado: otro cuatro. “¡Me planto!” gritó Romario mientras confirmaba su decisión a la máquina. Sus dieciocho puntos le pareció una buena opción para ganar. La banca destapó su tercera carta: un dos. Las normas del juego le obligan a abrir otra carta si su puntaje no alcanza los diecisiete puntos –en ese instante tenía sólo quince-. La cuarta se abrió inmediatamente pero a Romario le pareció una eternidad. “¡Un cuatro, no puede ser!”. Los dos mil dólares se habían esfumado en sólo un par de de minutos. Y ahora debía explicar a su esposa la manera en que había perdido la bolsa de viaje. Miró a la pantalla y vio con envidia lo que había ganado Portobello: había duplicado su apuesta de cinco mil dólares. “¡Suertudo de mierda!” se quejó en solitario.

Fue a buscar a su esposa a las tiendas de la Vía Fiore, frente a los jardines botánicos del casino. En medio de su camino se detuvo ante un cajero automático. Había decidido utilizar la tarjeta de crédito de la empresa para retirar los cuatrocientos dólares. “Les diré que tuve una emergencia y me encargaré de devolverlo con la nómina de fin de mes” se autoconvenció Romario mientras guardaba los billetes en su cartera.

Su mujer le regaló una gran sonrisa cuando lo vio. “Hola mi amor, ¿la has pasado bien?” le preguntó abrazándolo por la cintura y dándole un besito en los labios. “Sí, todo bien” mintió Romario. “Te tengo una sorpresa: he reservado para cenar en el Michael Mina. Sé que es caro pero ya que estamos aquí podríamos darnos un lujito ¿no? Además estoy segura que comerás algo mucho más rico que tus queridos hongos a la napolitana” le dijo su esposa. “¡Pero se nos va a ir toda la bolsa de viaje en esa cena!” le dijo atemorizado Romario. “No te hagas bolas, usamos la MasterCard y a fin de mes ya veremos cómo hacemos. ¡Relájate, que estamos de vacaciones!” le replicó despreocupada su esposa. “Okey” asintió Romario sin mucha emoción.

“Espérame aquí un ratito que he visto un vestido en esa tienda que creo que está de rebaja. No me demoro. Si quieres puedes sentarte en esa máquina y jugar un rato mientras me esperas. Pero no vayas a apostar nuestra bolsa de viaje, eh” le advirtió su mujer. Romario se acercó a la máquina y observó que tenía el mismo juego en él que estuvo anclado la última hora. Antes de sentarse miró con recelo hacia el escaparate donde se dirigía su mujer. Lo que vio lo dejó descolocado. Un letrero deslumbrante daba a conocer el nombre del establecimiento. La tienda se llamaba Portobello.

Doble o nada

Publicado en “Asíntotas”, blog colectivo basado en una misma línea creativa

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