Urritz

Urritz

“En el gaztetxe éramos una gran familia. Nos habíamos organizado para recuperar ese edificio no sólo para nosotros que buscábamos un lugar donde vivir, sino también para la gente, para los vecinos a quienes logramos convencer de nuestro proyecto” me cuenta Urritz orgulloso de haber revitalizado un espacio que durante mucho tiempo estuvo sucio y deshabitado y que en pocas semanas se convirtió en un centro cultural limpio y de mucha actividad.

“Aquí enseñábamos a los chicos a pintar, a hacer malabares, a recitar poesía. También hacíamos euskera para gente más grande. Yo empecé a dar clases de música, primero con la flauta y luego la guitarra. No sabía sacar más que tres o cuatro acordes pero poco a poco con los muchachos hicimos nuestras particulares versiones de Clash, Ramones y Sex Pistols. Hasta a mi amatxu le gustaba” relata mi colega con quien compartí varios conciertos vespertinos en el hoy clausurado local.

“Mira ahora cómo está: otra vez abandonado, derruido, sin vida. Lo demolieron para construir un edificio de viviendas y la crisis los aniquiló. Ni si quiera pudieron empezar las estructuras. Los chicos del barrio seguro que ahora pierden el tiempo en las consolas y el Internet. A los políticos les interesa un carajo la cultura. Mientras tengan idiotizada a la gente mejor para ellos. No hay espacio para el pensamiento, para la creación, para el arte. Así no habrá futuro” se lamenta Urritz que cambia su vivaracha expresión por una de rabia contenida.

Hace unos meses se le diagnosticó a su madre una enfermedad crónica; desde entonces Urritz ha vuelto a vivir con ella en la casa que tiene a solo unas manzanas del antiguo espacio artístico. “Mi amatxu está bien, pero tengo que estar cerca por si acaso. Yo diría más bien que nos cuidamos mutuamente. ¿Has visto ese grafiti de Bansky donde una madre le arregla el pañuelo al punki? Igualito. Estos chupetes me los cosió ella por ejemplo. Dice que es para que los críos no se asusten de mis piercings. A mis colegas les ha flipado”.

Le pregunto si ha encontrado otro lugar para continuar con el proyecto cultural. “Tenemos uno en mente que pertenece al ayuntamiento y que está sin utilizarse desde hace años. Hemos tratado de ir a las buenas pero los de siempre no nos quieren hacer caso. Hay planes pero mejor no te cuento más por tu eres un poco bocazas. Mejor me despido antes que me tires más de la lengua” me dice dándome un abrazo. Se da la vuelta, camina con las manos en los bolsillos y mientras dobla la esquina le escucho silbar “Walk on the wild side” de Lou Reed.

Fotografía de Paula Arbide. Publicado inicialmente en Photowriting 

Incluido en el número 152  de la revista “Luke” de octubre-noviembre del 2013
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