Impresiones de una escala mexicana

Después de un agotador viaje de doce horas, alimentado sólo por la funcional e insípida comida de avión, voy en busca de un baño que me permita aligerar la pesadez que siento en el vientre. Son las cinco y algo de la mañana y el aeropuerto está casi vacío. Aprovecho que soy uno de los primeros en salir de la aeronave para apresurar el paso y evitar así que alguien, con la misma necesidad, se me adelante e inaugure los por ahora impolutos inodoros.

En la entrada del servicio de caballeros veo una fregona y otros artículos de limpieza. El olor a desinfectante me confirma que el mantenimiento del aseo ha sido muy reciente. Al ingresar, escucho la voz de un señor mayor de reconocible acento mexicano: “pásele por aquí mi joven”, me dice mientras señala el baño de discapacitados. “Es más grande… pero más bien, espérame tantito que se lo dejo todo listo”. Hace una última repasada al retrete, se asegura que el lavabo cuente con jabón líquido y dispara dos chorritos de ambientador con una agradable fragancia de lavanda y flores de estación.

Es conocido el cariño y la amabilidad de los mexicanos para con los extranjeros, tanto que para algunos foráneos sus atenciones en ciertos momentos pueden llegar a ser un tanto excesivas. Al parecer el señor de la limpieza no pudo dar el mismo trato a dos señores que ocuparon con premura los otros sanitarios disponibles. Preocupado, da dos golpes a la puerta aledaña y pregunta sin discreción “¿tiene papel?”. El sorpresivo viajero, ocupado en sus propios asuntos, responde con un tímido “sí”, a lo que el viejo replica con soltura “¿mucho o poco?”. “¡Mucho!” dice esta vez el viajero con decisión esperando poner fin a la insólita entrevista. De inmediato, desde la tercera puerta, se escucha gritar al otro viajante con desesperación “¡yo no tengo papel!”. “Ahoritita mismo se lo paso debajo de la puerta, señor” responde con confianza el bienaventurado empleado.

Voy a la sala de embarque para esperar el vuelo nacional que me llevará a mi destino final. Me siento cerca del mostrador en donde el personal de la aerolínea recibe a la tripulación y prepara el ingreso de los pasajeros. Dos hombres de frac llaman mi atención entre los diversos compañeros de viaje que observo a mi alrededor. El primero es un joven de veintipocos años, alto, de tez lozana y finos perfiles en el rostro. Lleva el traje cerrado y una pajarita que adorna su largo cuello. El otro es mayor, de unos cuarenta y cinco años, algo más bajo y regordete. Lleva un pequeña coleta en el pelo y el mismo traje aunque sin la pajarita y ni el garbo de su compañero.

Me pregunto si vienen de alguna boda, si forman parte de alguna orquesta musical o si han sido los mozos de algún opíparo banquete que ha finalizado hace un par de horas. Dentro del avión, el azar hace que los tenga a tiro de vista: puedo ver el perfil izquierdo del hombre mayor y parte de la abultada melena del menor. A mitad del vuelo, a manera de entretenimiento, examino al mayor de la pareja con más detalle: lleva un pendiente de oro, pequeño y circular; la ceja izquierda la tiene arreglada, sin ningún vello que desentone en el conjunto; su cutis parece que ha pasado por una sesión exfoliante y una ligera base de maquillaje. Lleva una pulsera también de oro a juego con los gemelos que cierran el puño de su camisa blanca. Pienso que debe ser gay o al menos un metrosexual aterrorizado por su edad.

Cuando el avión empieza a descender creo resolver mi reciente duda existencial: la pareja se mira con dulzura, ponen sus manos en la mejillas del otro y se dan un apasionado beso en los labios. Giro hacia la ventanilla para evitar ser visto por los amantes y sonrío por el éxito de mi deducción. Pero la anécdota me aguardaba otro final sólo unos pocos minutos después.

Ya en tierra, recojo la maleta y voy rumbo a la salida, al encuentro de quienes serían mis anfitriones durante mi estancia. En el vestíbulo veo a un grupo de gente con globos y pancartas. Más atrás hay un grupo de mariachis que empiezan a tocar una clásica ranchera. Dudo ser yo el destino del homenaje por lo que volteo a buscar al ilustre visitante. El festejo va dirigido al joven del frac, quien sigue igual de impecable llevando ahora, además, una banda en el pecho que indica que es el nuevo Mister International Model. Me aparto de la escena y dejo que la muchedumbre se abalance para abrazar al modelo. Supongo que la señora a la que dejan pasar y que llora de emoción es su madre. Y que la rubia, alta, de esbelta figura que le da un amoroso beso, y que no se despegará de su lado desde entonces, es su novia oficial. Su compañero de viaje, el hombre mayor de traje, parece que ejerce como su representante en el mundo de la moda y ocupa ahora un conveniente segundo plano en la jubilosa recepción.

Son los mariachis los que me ayudan a cerrar esta historia. Como si estuviera preparado, como si supieran de mi gusto por esa canción o como si hubieran elegido el mejor colofón para esta crónica, el siguiente tema de su repertorio es el divertido “Mariachi loco”, quizás la preferida por todos los que venimos de fuera y la menos representativa para los herederos de los aztecas. La canté y la bailé a un lado, fuera de los flashes y del tumulto, riéndome de mi particular bienvenida a tierras mexicanas.

Impresiones de una escala mexicana.01

Escucha la desternillante melodía del “Mariachi loco” aquí

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