Mañana de Domingo

Uf, no tenía que hacerle caso a Rodrigo. Una copa siempre termina siendo dos, o cuatro. No me acuerdo cuántas más cayeron anoche. Mi cabeza retumba como si dentro estuviera el batería de Metallica. ¿Qué hora es? Las once. Bueno, no está mal, he dormido casi seis horas. Preparo mi desayuno, tranquilo, sin prisas, que el domingo es largo y además hay Fórmula 1 en la tele. Ya echaré la siesta más tarde.

¡Toc toc toc toc!… ¡Toc toc toc toc!

Ya empezó el vecino con el martillo. No puede estar un día sin hacer alguna chapuza. Sólo espero que no sea como la última vez que estuvo con la sierra durante toda la mañana. ¡Para ya, por favor! Joder, ni la mejor aspirina me va a hacer efecto. Pondré un poco de música mientras me hago un café.

¡Ding, dong!

¿A quién se le ocurre pasar un domingo a estas horas?

—¿Quién es?

—Buenos días. Si me da un minuto puedo contarle la Buena Nueva. ¿Sabía usted que estamos cada vez más cerca del Armageddon?

—¡No, no por favor! En estos momentos estoy muy ocupado. Quizás para la próxima.

—No se preocupe, lo entendemos. Volveremos durante la semana para conversar con más calma. Hasta luego.

¿Es que estos no descansan ni los domingos? Menos mal que me ha encontrado medio ebrio, que si no les decía tres o cuatro cosas y empezábamos hoy mismo el fin del mundo. Bueno, que sigo con lo mío. A ver… hay huevos, jamón, queso. Creo que merezco una buena tortilla…

Op op op op oppan Gangnam Style… eh, sexy lady…

¡Mierda, y ahora suena el móvil! ¡Pero qué les pasa a todos esta mañana!

—¿Hola?

—Hola hijito, habla tu mami. ¿Vas a venir a almorzar con nosotros?

—No sé mamá, acabo de despertarme.

—Uy, qué voz. Seguro que has estado anoche con el forajido del Rodrigo. Ya te he dicho que busques otros amigos. Tienes que cuidarte hijito. No puedes estar así todos los fines de semana.

—No mamá, estoy resfriado. Te llamo en un minuto, estoy saliendo de la ducha.

—Pero llámame, que tu papá quiere comer pronto y luego se enfada si llegas tarde.

—Sí mamá, sí, luego te llamo. Un beso.

—Bendiciones hijito, no te olvides de llamar.

Con las ganas que tenía hoy de salir de casa. No me apetece nada. Además entre la resaca y el discursito de siempre de mi padre mi cabeza acabará estallando. Bueno, no pasa nada, luego la llamo, le digo que no voy y ya está. ¿Dónde dejé el azúcar? A ver si desayuno de una puta vez.

Tuuuuuru tuuuuru… apártense a la derecha, apártense a la derecha… tuuuuuru tuuuuru

¿Y ahora? Tanto alboroto, tanta gente. ¡No puede ser, justo tiene que pasar la vuelta ciclística por aquí! ¡Porqué a mí! No soporto más. Uno quiere estar tranquilo en casa y nada, no le dejan. Después se preguntan por qué uno hace las cosas. Me cansé. ¿Dónde está mi móvil? Se acabó el descanso dominical para todos.

—Mmm, ¿diga?

—¿Rodrigo? ¿Ya despertaste?

—Lo acabas de hacer tú, cabrón. ¿Qué pasa?

—Levántate, nos vamos a tomar el aperitivo.

—¿Tan pronto? ¿No te bastó con lo de ayer?

—Eso solo fue un calentamiento. Venga, voy a llamar al Guachi y al Jota, que nos deben las últimas rondas de anoche. Paso por ti en diez minutos.

—Vale, vale, está bien. Pero sólo un par, que después te lías.

—No te preocupes, quiero llegar a casa para ver la carrera.

—Amigo, tú estás muy loco. ¿No sabes que los domingos se inventaron para dormir hasta las tantas?

—Te quedan nueve minutos.

—Sí, pesa’o, ya voy.

Mañana de domingo

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