Paule

Paule se adelantó tres semanas a la fecha en la que salíamos de cuentas. Y nos encontró algo descolocados especialmente a mí, una persona que intenta ser metódica y organizada. Izas ya me había advertido que con veinte días de antelación deberíamos tener todo listo, asumiendo que la niña llegaría en cualquier momento. Paule nació veintiún días antes.

Durante el embarazo, Izas me había propuesto unas canciones que debía incluir en una lista del iPod para que la relajase desde la salida de casa hasta antes del parto. “Búscame esta canción de Fito, pon esta de Antonio Flores y esa que me gustó del pesado de tu Joe Jackson”. En la madrugada del domingo para lunes, lo único que se me ocurrió poner camino a la clínica fueron los grandes éxitos de Los Secretos. Menos mal que elegí a la banda de Enrique Urquijo y no a Siniestro Total para tranquilizar nuestro viaje.

Llegamos a las cuatro de la mañana a la clínica y todo se dio tan rápido que cuando me preguntan que sentía en esos momentos respondo con un sincero “Ni idea, yo todavía me estaba despertando”. Cuando tomé conciencia de la situación Izas llevaba media hora en el quirófano. Se me ocurrió salir de la pequeña y solitaria sala de espera para preguntarle a la enfermera. “¡Ah, lo siento! Se nos pasó avisarle. ¡Felicitaciones! Ya es usted padre desde hace unos veinte minutos y ambas están muy bien”. Le agradecí mucho su oportuna repuesta.

Madre e hija fueron trasladadas a la habitación que se convertiría en nuestro hogar durante los siguientes días. Con la salud de ambas controlada, me quedaba a mí controlar el resto. Lo primero fue volver a casa para recoger todas las cosas necesarias para nuestra repentina estancia. Izas había preparado la maleta con tiempo pero yo no tenía nada listo. A pesar de haber realizado varios viajes en mi vida, todavía no llevo bien lo de hacer la maleta, incluso si sólo es para un día. Dos horas después decidí que era mejor no llevar la máquina de afeitar porque me ocupaba espacio y porque estaba seguro que regresaría a casa todos los días.

Otro tema importante fueron las reformas en casa. Además de la habitación y el baño de Paule, aprovechamos el momento para montar una escalera que conecte el salón con el garaje. Ninguna de las tres mejoras estaba terminada y tuve que coordinar con los carpinteros y albañiles para culminar con lo indispensable antes del fin de semana. Una tarde tuve que salir a la clínica y dejé a los de la escalera trabajando en ella. Cuando volví, me di con la sorpresa que toda la sala, y el resto de la casa, estaba cubierto de polvo. “Es la primera vez que nos ha pasado, nunca habíamos visto subir tanto polvillo con tanta fuerza hacia arriba. Mañana traemos un aspirador”.

A eso le podemos sumar que fue la semana con más rayos y truenos en Vizcaya de los últimos años, lo que provocó que la luz eléctrica se fuera por completo por horas y que el receptor de la señal de la televisión se fundiera por completo. También suma, entre otras situaciones similares, que me encontraba en medio de un cambio laboral que me afectaría los próximos meses y que mi compañía telefónica me acababa de llamar para desestimar mi último reclamo y anunciarme el incremento de mi factura. Agobiado, lloré y grité hacia el cielo: “¿Por qué está pasando todo esto a la vez?”. No sé si alguien me escuchó.

Esa noche de miércoles, cuando llegué por fin a la clínica, corrí a la habitación con más ganas que nunca. Tomé a Paule en mis brazos, la empecé a pasear por la habitación, y mientras la miraba embelesado, unas lágrimas acompañaron una frase que como por arte de magia empezó a cambiarlo todo: “¡Que se vaya el mundo a la mierda!”. Creo que ha sido la primera vez en mi vida en que he relativizado todo y me he quedado con lo que en realidad importa. Mi agobio se esfumó y todo empezó a tener un color distinto. Las cosas poco a poco volvieron a su nivel e incluso la tormenta cesó y se alejó de nuestra ubicación.

Hace una semana que estamos en casa y cada vez llevamos mejor esta nueva etapa en nuestras vidas. De a poco nos hacemos de una rutina que nos ayuda tanto con las necesidades de Paule como con las propias. Pagamos el hecho de ser padres primerizos, pero en general nos sentimos felices, más unidos que nunca y haciendo todo lo que nos compete para ver a Paule crecer con los menores llantos posibles. Además he descubierto un truco que la tranquiliza en sus peores momentos: le canto el coro de “Steppin’ out” del pesado de Joe Jackson y los dos nos ponemos más que contentos.

“…me babe… steppin’ out… into the light… into the night…”
 
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3 Respuestas a “Paule

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