Ayacucho – Diario

 
Yo pensaba que el Perú era sólo mi capital,
no pensaba en encontrar un lugar tan especial.
Ayacucho, tierra donde ayer han sido muchos.
Ayacucho ¿cuándo entenderán? ¿cuándo entenderán?
Diario

Diario fue una banda de folk-rock que surgió dentro de la movida del rock subterráneo en la Lima de la segunda mitad de los ochenta. En 1987 quedaron terceros en un concurso de rock no profesional, lo que les permitió ser parte de los artistas nacionales que tocarían ese año en el Auditorio de la Feria del Hogar.

Con el aforo casi lleno, tocaron poco más de una media hora presentando las canciones de su única maqueta. Instrumentos andinos como quenas, zampoñas y charango creaban un rock fusionado con sonidos y ritmos de los andes. Antes de cerrar el show con su mayor éxito, el cantante gritó al público: “¡En Ayacucho también se baila rock!”. Ayacucho era la provincia más afectada por el terrorismo de esa época y el tema servía como una alegre reivindicación para con el sufrido pueblo.

La banda se disolvió al poco tiempo y varios de sus integrantes se fueron a vivir a Francia, donde en 1999 formaron IAO Latino System con el apoyo de otros músicos locales. Su primera producción contiene una nueva versión de “Ayacucho” el cuál se convirtió además en el tema principal de la telenovela peruana “Corazón Serrano”. Manteniendo la fusión, aunque con sonidos latinos más comerciales, IAO continúa tocando en Francia y a veces recala en Perú. (Aquí están en La Noche de Barranco)

Ayacucho fue la canción que cerró la fiesta que organizamos para recaudar fondos para nuestro viaje de promoción del colegio al Cuzco. Yo había conseguido sólo cuatro canciones de esa única maqueta de Diario en un cassette que hice sonar durante varios momentos del viaje a mis amigos más cercanos. Un viaje de muchos recuerdos, siendo uno de ellos el pretexto para escribir este post.

—–

Era el viaje de fin de curso de la promoción de 1990. Luego de visitar las ruinas de Machu Picchu durante todo el día, cincuenta quinceañeros retornábamos en el tren regional a la estación de Urubamba. La antigüedad del tren, su parsimoniosa velocidad y el cansancio de varios de nosotros auguraban un viaje muy aburrido. Sin embargo un hecho lo convirtió en algo memorable.

Mientras algunos dormían o jugaban a las cartas, otros recorríamos los vagones de segunda clase una y otra vez. En uno de estos paseos reconocí a un famoso futbolista, sentado en la primera fila del décimo quinto vagón:

–¿Has visto a Paul Gascoigne? –pregunté con discreción a uno de mis acompañantes.

El mundial de fútbol de Italia acababa de terminar y el mediocampista de Inglaterra había destacado como uno de los mejores del torneo.

–Es ese, el de la gorra blanca que tiene la bandera de Gran Bretaña –le aseveré.

Logré convencer a mi amigo de que ese rubio de rostro cuadrado y corte militar era aquel desequilibrante jugador.

Mi amigo logró convencer a otro compañero de lo mismo, quien a su vez se lo contó a otro más y así, en unos pocos segundos, toda la promoción se enteró de quién era el pasajero.

Mientras todo ello sucedía, yo me oculté en el baño, riéndome en solitario y disfrutando de mi capacidad de persuasión. Cuando salí del lavabo mi asombro fue todavía mayor: vi a cincuenta imberbes rodeando a un extrañado turista que, con los ojos muy abiertos y una mueca que quería parecerse a una sonrisa, posaba incrédulo ante miles de cámaras que querían retratar el momento para la posteridad. No pude más. Lancé una fuerte carcajada y volví a mi asiento repitiéndo con delicia: “¡Se creyeron lo del Paul Gascoigne! ¡Se creyeron lo de Paul Gascoigne!”

Llegamos al hotel y teníamos una hora para prepararnos antes de salir a cenar. Esa noche iba a estrenar unos zapatos y una camisa de marca que mi padre me había traído de los Estados Unidos. Estaba dispuesto a ser el mejor vestido de esa noche.

Los bungalows donde nos alojábamos rodeaban una gran piscina y mis amigos me esperaban al otro lado de la misma.

Cuando salí de la cabaña, uno de mis compañeros de aventuras me dijo con un gesto que quería contarme algo. Me acerqué, él puso su brazo sobre mi hombro y me susurró al oído:

–Oye Kike, te acuerdas de que… –interrumpió su discurso, mientras que con su otro brazo me empujó hacia la piscina.

La caída duró una eternidad. No podía creer lo que estaba pasando, no podía creer lo que mi mejor amigo había hecho y no podía creer que mi ropa nueva se fuera a la mierda. Dentro del agua escuchaba la risa burbujeante de cincuenta adolescentes que no paraban de gritar:

–¡Esto es por lo de Paul Gascoigne!

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