Una butifarra memorable

Tendría cinco años cuando mi padre me llevó a comer la butifarra más sabrosa de toda mi vida. Fue una tarde de sábado tras salir de la oficina que tenía en pleno centro de Lima, cuando todavía era posible caminar sin tropezarte con los vendedores ambulantes y las bocinas de los coches sólo eran utilizadas para llamar la atención de algún despistado transeúnte.

Anduvimos hasta una cafetería antigua, de esas que tuvieron su mayor esplendor a mediados de los cincuenta cuando fue lugar de encuentro de los universitarios, que la tenían a unas pocas cuadras. Así lo conoció mi padre quien desde entonces, al menos una vez por semana, pasaba alrededor de las seis de la tarde para tomar su infaltable Inca Kola con el famoso sándwich.

Los que llevaban el local eran los mismos de los primeros tiempos. Tenían tantos años como las mesas y sillas de madera y la crujiente puerta giratoria. Sin embargo, a decir de mi papá, la butifarra permanecía inalterable.

La base era una generosa raja de jamón cocido de cerdo que se colocaba dentro de un crocante pan recién horneado. Se le ponía una hoja de lechuga y se le aderezaba con una reposada salsa de cebolla, ají amarillo, sal, aceite y vinagre. Recuerdo que me lo comí en cuatro bocados, casi sin respirar. Mi padre disfrutó viéndome, como el maestro que enseña una revelación mística a su discípulo. Me preguntó si pedíamos otro para compartir y mi respuesta fue obvia.

Unos meses después mi padre tuvo que mudarse de oficina y la posibilidad de repetir ese ritual se hizo cada vez más remota. El centro de Lima se volvió caótico y peligroso; si no había ninguna obligación, lo más conveniente era no ir por esos lares. Durante esa época convulsa probé otros emparedados pero ninguno podía compararse a los de la vieja cafetería.

El destino quiso que mi primer trabajo fuese en el centro, muy cerca de donde había estado la oficina de mi padre. Los últimos alcaldes habían recuperado la ciudad y había más seguridad para caminar por sus calles. A la salida de mi primer día laboral busqué con ansias aquella cafetería, pero me fue difícil ubicarla entre tantos nuevos edificios y negocios. Llamé por teléfono a mi padre para que me guiara hacia la ubicación exacta. Cuando logré dar con la dirección encontré en su lugar una tienda de electrodomésticos. La cafetería había cerrado hacía muchos años y la más sabrosa butifarra de mi vida se había ido para siempre.

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