¡Gracias a Dios es Viernes!

Primero llegó Jueves. Era casi un recién nacido que Izas encontró en el estacionamiento de su trabajo, dentro del motor de un coche que rugía (y ronroneaba) mucho más de lo normal. Le montamos su “casita” en el garaje, con una caja y una frazada, y unos cuencos para agua, leche y comida. A los pocos días veíamos que la comida y bebida que le dejábamos todos los días (en exceso, para evitar hacer la operación más de una vez al día, aunque cada vez en mayor proporción) era consumida por completo, sin rastro siquiera de galletitas por el suelo. Todo era devorado por el hambre atroz que Jueves debía tener a pesar de su aún pequeño tamaño.

Dos o tres días después, reponiendo las galletas que pensábamos que nos durarían más tiempo que la última compra, encontramos la explicación acerca de la voracidad de Jueves. Jueves había encontrado un amigo. Cuando íbamos a reponer la comida, una pequeña pelotita blanca manchada nos veía y salía corriendo a esconderse. No se dejaba ver, solamente hasta que se percataba que nosotros ya no estábamos ahí, y rápidamente, y con mucha hambre, compartía los cuencos con Jueves, que a pesar de algunas pequeñas rencillas, gustosamente había aceptado la compañía de su nuevo amigo.

Así fue que Viernes llegó a nuestras vidas. Era un gatito pequeño, de la calle, que al parecer era uno de los críos de una gata blanca manchada muy grande que a veces se nos cruzaba por la mañana cuando nos íbamos a trabajar. Por alguna razón, Viernes se había independizado muy pronto de su madre y rápidamente encontró a Jueves como su hermano mayor y protector y a nosotros como sus proveedores alimentarios.

Pasaron todo el verano juntos, y nosotros juntos con ellos. Viernes perdió la inocencia inicial (y la vergüenza) y ya no se escondía cuando íbamos a dejarles la comida, sino todo lo contrario: se ponía en medio del cuenco no dejando que lo llenáramos y provocando que la leche o el agua le cayera por la cabeza o por las orejas. Le daba igual. Tanto él como Jueves estaban en pleno crecimiento y aún eran unos gatitos cachorros que empezaban a darse cuenta de cómo funcionaban las cosas. Luego de comer, salían ambos del garaje a dar vueltas, a revolverse entre ellos, uno siempre siguiendo al otro, disfrutándose mutuamente y jugando libres por el pueblo.

Un día, Viernes desapareció. Hubo ratos en que ambos desaparecían y luego de algún día fuera, volvían al garaje a retomar su rutina. Pero era raro que sólo uno de ellos desapareciera. Se notaba que Jueves esta aburrido, algo triste. Ese día casi no comió y vino a la puerta de la casa como preguntando por él o avisándome de la desaparición de su amigo. Al mediodía me llama Izas del trabajo y me pregunta si he visto a Viernes por la casa. Me dice, desde el mismo estacionamiento del trabajo, que tiene frente suyo a un gato que es idéntico a Viernes. Esa tarde, Viernes regreso a casa en una caja, luego de haber recorrido quién sabe cómo, la carretera de Bakio a Mungia a primera hora de la mañana, afortunadamente sin ningún incidente.

El reencuentro entre ambos gatos fue muy emocionante. Al principio parecía como si Viernes le estuviera comentando de su odisea a un Jueves que empezaba a cambiar de humor; al rato ya estaban volviendo a pasear juntos y a dar vueltas por ahí. Tengo en el recuerdo una foto que no pude tomar en el que estando ambos sentados frente a casa, Jueves la ponía una pata al hombro de Viernes, como si lo estuviera abrazando. No me despego del móvil prácticamente en ningún momento, pero en ese preciso instante no lo tuve a mano y me perdí una instantánea que hubiera sido parte de las próximas tarjetas de amistad de Hallmark.

Pero un día esa camaradería se termino. Fuimos a pasar un fin de semana a Madrid, y antes de ello, le dejamos una buena ración de comida, leche y agua para los dos, quienes nos despidieron como usualmente lo hacían cuando salíamos con el coche. Cuando regresamos el domingo, ninguno de los dos se nos cruzó en el camino a casa, algo que no nos parecía del todo raro porque asumíamos que estando fuera, era muy probable que alguno de los vecinos les habría dado comida en esos días y se habían quedado por ahí sin percatarse de nuestro arribo.

Al día siguiente, cuando voy a reponer los cuencos, veo que el garaje tiene algunas cosas fuera de su lugar y otras que están tiradas en el suelo. No sabremos nunca exactamente qué pasó, pero desde entonces Jueves, que para ese momento ya había crecido mucho y a comparación de Viernes parecía un gato ya adulto, no volvió a pasar por nuestra casa ni por nuestro garaje. Cuando alguna vez lo hemos visto al salir a trabajar, nos parece que ha cambiado su expresión, que tiene “cara de malo”, que algo le pasó ese fin de semana y que luego de ello ya no quiso relacionarse con nosotros y decidió cambiar su morada a una casa vecina. Por el contrario, Viernes, que seguía siendo un gato pequeño, mantenía esa mirada traviesa y juguetona y quería seguir estando con nosotros, haciéndose desde entonces el único dueño de la “casita” en el garaje.

Asumida la nueva disposición familiar por todos, los tiempos venían desarrollándose sin mayores sobresaltos, hasta una mañana en que Izas, algo nerviosa, me llama por teléfono y me dice que ha visto a Viernes cojeando cuando estaba yéndose al trabajo. Viernes desapareció un par de días y no supimos nada de él ni pudimos corroborar la gravedad de su cojera. Al tercer día, a primera hora de la mañana, se apareció en nuestra puerta rengando, prácticamente arrastrando las dos patas traseras. Me encargué de llevarlo a la veterinaria para ver qué era lo que pasaba y para ello usé la misma caja en que volvió aquella vez de su excusión al trabajo de Izas.

La veterinaria, luego de la revisión y las radiografías correspondientes, nos dijo que tenía la cadera movida y una fractura en una de las patas. Al parecer había sido atropellado por alguno de los coches que suelen estacionar por la casa. Se esperaba que inmovilizándose la pata con un fuerte vendaje y aprovechando que aún estaba en proceso de crecimiento, las piezas se soldarían y Viernes podría continuar con su vida, aunque con una pierna cojita. Pero lamentablemente la cosa no terminaba ahí. Fruto de su desaparición, en algún momento se infectó de unas larvas de moscas que literalmente se lo estaban comiendo vivo cerca de su culito. Y esto sí daba peores expectativas que la fractura. La veterinaria nos dijo que eso era más difícil y que ahí no podía asegurar nada, que sólo esperábamos que la infección sea sólo exterior y no haya afectado en los órganos interiores. Quedamos en que haría todo lo que se pudiera y que iría a recoger al gato al final del día.

No pasaron ni 50 metros de mi camino de vuelta cuando empecé a llorar. Pero a llorar en serio, con lágrimas, llanto y mucha tristeza. Estuve llorando en mitad de la calle, pensando en lo que Viernes estaba sufriendo, en lo que Izas se entristecería cuando se lo cuente y en mí, puteando al gato de miércoles (que era Viernes) por haber provocado ese sentimiento que siempre había sido tan reacio en aceptar: el de cuidar, mantener y disfrutar de una mascota que se convierte en algo mucho más importante para tu vida, sin haberlo planificado sin ni siquiera haberlo pensado. No me sentía tan triste por un animal desde que tuvimos que sacrificar a Michell, un perro también callejero que acogimos posteriormente en San Miguel para que nos espante a los ladrones, y que murió viejo aunque producto de un cáncer y de muchas batallas y “mataperradas” propias de un perro que siempre se consideró libre, pero que reconocía cuál era su casa y su familia. Desde entonces me había prometido no pasar de nuevo por ese trance que ahora, inesperadamente, volvía a pasar.

La veterinaria nos llamó diciendo que ya podíamos pasar a recogerlo, que Viernes se había comportado como un campeón, que había estado muy tranquilo durante toda la consulta y que a pesar de ese vendaje tan escandalosamente grande, cuidándolo durante unas tres semanas ya podría tener curada la patita. Respecto a la infección, esta había sido limpiada y curada lo mejor posible, y aunque no había ninguna seguridad, parecía en principio que había sido superficial y no había afectado ningún órgano interno.

Lo trajimos a casa y esta vez le acondicionamos su casita en un baño de casa. Le compramos su caja y sus piedritas para su caca y su pis, un tapete haciendo las veces de alfombra para que lleve mejor su descanso y le pusimos sus cuencos para el agua y la comida. Jueves estaba un poco aturdido, pero ya al día siguiente se percataba de su nueva situación, sabiendo que estaba bajo cuatro paredes y que no tenía la libertad de ir por la calle, pero asumiendo su posición de convaleciente y que debía guardar cama.

A la semana nos dimos cuenta que a la altura de su cola, la infección parecía que había proseguido y no se había podido controlar. A Viernes la cosa parecía importarle poco, porque se le veía muy vivaz, comiendo y culminando el ciclo digestivo sin problemas y disfrutando cada vez que Izas lo sacaba a la terraza. Nuevamente lo llevé a la veterinaria a primera hora de la mañana siguiente y ella nos contó que lamentablemente eso tenía que ver con la infección de las larvas, que prácticamente tenía toda la cola muerta y que la única solución viable era que se la extirparan por completo. Todo ello sin asegurar que no hubieran más complicaciones después y que Viernes pudiera soportar la operación, ya que en situación contraria tendríamos que eutanasiarlo, verbo que nunca había conjugado y que hubiera preferido nunca conocer.

La operación se programó para el lunes por la mañana. Nos quedaba un fin de semana largo por delante. El sábado por la mañana, vimos que el semblante de Viernes cambiaba: estaba demasiado tranquilo y los sentíamos algo triste, algo que no habíamos sentido desde que lo trajimos a casa luego de la primera visita a la veterinaria. Le dimos de comer, Izas le puso una manta y se lo llevó a ver televisión y vimos poco a poco que el gato recuperaba su expresión, hacía y se dejaba hacer mimos y se convertía otra vez en el gato de miércoles que quería recorrer toda la casa a pesar de su pata coja. Disfrutó tanto de estar en otros rincones de la casa, que cuando lo dejamos en el baño, estuvo durante un buen tiempo rascando la puerta, pidiendo salir. Ese era buen síntoma para nosotros: está nuevamente activo y jodiendo, listo para superar cualquier operación.

Hoy por la mañana lo llevé nuevamente a la veterinaria. Viernes parece que ya conoce el recorrido y sabe para qué va. No le gustó el camino, estuvo muy nervioso y quería escaparse de la caja en cada momento. Una vez en la veterinaria, temblaba y se le veía agitado. Sólo pareció tranquilizarse cuando encontró a un colega gatuno con el que comenzó a intimar. La veterinaria me hizo firmar un papel en donde autorizaba la operación y asumía todos los riesgos de la misma. Nunca pensé pasar por tal situación. Y espero que no tenga que volver a hacerlo. Simplemente apreté fuerte el bolígrafo y firmé queriendo pasar el rato lo más rápido posible. Viernes entró al quirófano y la veterinaria quedó en llamarnos por teléfono apenas supiera algo.

Me fui para casa medio confundido, sin saber exactamente en que pensar. O quizás sí. Pensaba en que no me había despedido bien de él. O quizás sí. Durante todo el camino de ida le estuve hablando a pesar de sus ganas de querer salir de la caja. Y cuando estuvimos en la veterinaria también le hablé mucho y lo acariciaba para buscar que se tranquilizara. El fin de semana había descubierto un código secreto con él: yo le guiñaba un ojo, y él me hacía lo mismo. Y esta mañana le hice lo mismo. Y luego de varios intentos me lo devolvió. Y me quedé sonriendo mientras un nudo en mi maltratada garganta volvía a aparecer.

Hace unos minutos me llamó la veterinaria. Viernes está despertando, esta medio atontado… pero está bien. La operación en principio ha ido bastante bien, aunque el gatito buen ver definitivamente no tendrá de ahora en adelante. Le han quitado la cola por completo. Y por ahora tiene muchos puntos y suturas. Hay que tenerlo en observación unos días, pero mientras tome su antibiótico y limpiándole frecuentemente esa zona, debería cicatrizarle en unos quince días. Y luego de ello será un gato diferente pero no por ello distinto a los demás: tendrá una patita coja, no tendrá cola, y estoy seguro que será el mismo gato de miércoles que me hace renegar cuando quiere meterse por toda la casa, y llorar cuando termino de escribir esta crónica.

Bakio, 10 de octubre del 2011
 
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2 Respuestas a “¡Gracias a Dios es Viernes!

  1. Aigs, me has tenido todo el post temblando, temiendo un desenlace fatal…

    Seguro que pronto estará bien. Hay una peli de dibujos que de pequeña me encantaba, “Pedro sin cola”, sobre un gatito. Pónsela a Viernes para que vea que sin cola se puede triunfar en la vida 😉

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