De encuentros en aeropuertos

Siempre he pensado que uno de los momentos más tristes es llegar a un aeropuerto cualquiera y que nadie te reciba. Que no haya nadie que te esté esperando. Que no haya nadie a quien dar y que te de un abrazo, más aún luego de un viaje casi siempre muy largo y de poco descanso. Y probablemente es así de triste porque lo opuesto es totalmente lo contrario, uno de los mayores momentos de alegría intensa que te da la vida. Traspasar la última puerta que te delimita con tierra firme y encontrar a tu familia, a tus amigos, a personas que te reciben con una enorme sonrisa y con los brazos abiertos esperando apretujarlos contigo es una de las sensaciones que cualquier ser humano puede disfrutar hasta el extremo.

Todo ello tiene gran sentido cuando se tratan de viajes que realizas por el puro placer y de manera esporádica. Si no fuera así, podrían convertirse en rutinarios y con ello se perdería algo de la magia. Sin embargo, la cosa cambia significativamente cuando haces viajes por motivos laborales y con una frecuencia cada vez mayor. No hay nadie que te espera ni tampoco esperas que alguien te espere. A lo más alguien muy cercano, como tu pareja, puede irte a recoger a tu regreso con ganas de llevarte a casa cuanto antes. Pero la mayoría de veces, especialmente en las “idas”, el escenario para uno es completamente vacío a pesar de ver a personas que en ese momento están a la espera de otro pasajero que no eres tú.

Como el hombre es un animal de costumbres, poco a poco se va a adaptando a la situación y empieza a generar una rutina que le permite algo de tranquilidad y le quita la ansiedad en esos momentos de espera, tanto a la llegada como a la salida de los destinos. Pero cuando sucede algo distinto en esa nueva rutina, en términos de agradables situaciones imprevistas y no de las otras, algo de esa magia vuelve a aparecer.

Hace exactamente tres años tuve que hacer un largo viaje de trabajo desde Bilbao hacia Mérida, en México. El vuelo tenía tres escalas y una de ellas, la más larga, era la que hacía en el aeropuerto del D.F. Ese domingo de julio y muy temprano por la mañana, estaba desayunando unos nachos y un par de cervezas con Octavio, quien se acerco al aeropuerto para compartir esas dos horas de mi estadía en el terminal defeño en el famoso “desayuno con cervezas”. Al regreso de Mérida, haciendo la misma escala, tuve la suerte de repetir con Octavio y conocer por primera vez a Santis en una agradable cena en el segundo piso de la misma terminal.

Tres años después, ayer, me encontraba con Álvaro, quien me esperaba con una cerveza en la terminal dos de Barajas. Volvía para casa luego de un día de arduo y agitado trabajo en la capital que se inicio a las siete de la mañana. “¿Que pasa bicho?” y demás temas, entre intrascendentes y trascendentales, eran bañados de Kronembergs, risas y festejos. Lo bueno es que al parecer esta situación es posible de repetir, por lo que las citas ya están anotadas de antemano.

Las esperas y las escalas en los aeropuertos no tienen porque ser largas y solitarias. Si tienes suerte y se da la oportunidad, incluso podrías vivir experiencias inolvidables como la de encontrarte con Pato en su escala en Lima, para irnos juntos y en el mismo vuelo hacia Buenos Aires, en donde en ese caso sí tenías, además, a una tira de atorrantes que te irían a recoger de Ezeiza.

Estén atentos, avisen e inténtenlo en cuanto puedan. Momentos como estos son mucho mejores que pasar un rato cualquier sala V.I.P.

Bakio, 20 de julio del 2011
 
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