Discos Redondos: Re – Café Tacuba

 
Discos Redondos - Re - Cafe Tacuba
La única que puede darnos vueltas es dios;
hay tan pocas flores ya, peces, agua que pensé
que la vuelta no daría,
hoy tu hijo me respira.
Si el equilibrio es dios y el equilibrio murió,
¿qué paso con dios?
El ciclón
Aunque haya sido su segundo álbum, “Re” se convirtió en la mejor carta de presentación de una de las bandas más vanguardistas del rock latinoamericano y el que me llevó a convertirme en uno de sus más fieles seguidores.
 
Una mezcla de rock con música mexicana, sabiamente balanceada de principio a fin: puede sonar desde un bolero típico de Agustín Lara (“Madrugal”) hasta el hardcore “subterráneo” más duro (“El Borrego”), pasando por el funky (“El Ciclón”), lo punky-ranchero (“El fin de la infancia”) y la fusión regional mucho más elaborada (“Las flores”).
 
Las letras discurren entre el desamor en su forma más revanchista (“Ingrata”, “El puñal y el corazón”), el enamoramiento cursi y casual (“El baile y el salón”, “Las flores”), cotidianidades (“El metro”, “24 horas”), denuncia ecológica y social (“Trópico de Cáncer”, “La negrita”) y cuestiones más metafísicas (“El ciclón”, “El aparato”).
 
El inicio del disco (“El aparato”) es un rasgueo tradicional de guitarra ranchera que poco a poco se va poblando de más sonidos que le dan un ambiente de campo mezclado con otros que marcan más la modernidad y la tecnología. El final (“El balcón”) suena a long-play del pasado, con un sonido borroso y un jazz de los años 40, suave y ligero que permite relajarnos luego de 19 canciones y casi una hora de duración.
 
Creo que fue mi hermano quien compró el cassette original; la primera vez que lo escuché completo y de un solo tirón fue en mi walkman dentro de un bus interprovincial que regresaba de Huancayo. Era el retorno de un viaje algo extraño: viajábamos en parejas por un lado mi ex-enamorada y su nuevo enamorado, y por el otro una amiga de ella y quien escribe. Fueron tres días que me sirvieron para cerrar (¡por fin!) un capítulo en mi vida. Ella había sido mi primera relación y si bien sólo estuvimos juntos cinco meses (aunque en realidad fueron tres meses efectivos, si no contamos las peleas) fue bastante intenso y tormentoso.
 
Hacía más de un año que lo habíamos dejado, pero esa extraña sensación que me decía podíamos ser amigos (“cariñosos”) hacía que siguiéramos en contacto. Hasta ese viaje. Quería quitármela por fin de la mente de alguna forma y creo que ella también buscaba que la dejara en paz, no sin antes restregarme en la cara su nueva conquista.
 
Y es que algo tan retorcido no podía terminar de forma distinta. Durante la segunda noche, en una discoteca de la ciudad y con varias cervezas encima, la salsa, el merengue y el rock en español daba para no salir de la pista de baile. Hasta el momento que sonó una “salsa erótica ochentera” (o una bachata de Juan Luis Guerra, da igual para el relato) y la amiga y yo, luego de unas vueltas, nos enfundimos en un beso de tornillo largísimo que duró algunos segundos, luego de los cuales se me ocurrió mirar hacía donde estaba mi ex, quién había estado besando apasionadamente a su novio y ahora estaba haciendo exactamente lo mismo que yo: buscarnos la mirada.
 
La mirada no habrá durado más de un segundo, pero fue muy significativa. No hicimos ningún gesto en ese segundo, sólo nos mirarnos. Pero creo que ambos sentíamos que ese momento era la confirmación de que ya no habría nunca más nada entre nosotros y que muy probablemente luego de ese viaje, tampoco seguiríamos saliendo o hablándonos como simplemente amigos. Por lo menos para mi así lo fue. Luego de ese segundo, cada cuál continuó con lo que estaba y el viaje prosiguió con una rara sensación de incomodidad entre todos.
 
Así que lo mejor era volver a casa cuanto antes y olvidarme para siempre de ella y de su amiga. Ya de regreso en el autobús y cruzando la cordillera central, escuchaba “Trópico de Cáncer” y casi me pongo a llorar, escuchando la historia de Salvador y la destrucción del ecosistema por manos de los petroleros y, al mismo tiempo, contemplando los paisajes hermosos de la sierra y sus grandes campos verdes. Aunque en realidad, y culpando ahora directamente a mi subconsciente, quizás eso no era precisamente lo que me estaba haciendo llorar.
 
Braga, 15 de abril 2010
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Una respuesta a “Discos Redondos: Re – Café Tacuba

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