Gestos cómplices en un cumpleaños

La tarde anterior, Javier estuvo con Elena, su mejor amiga quien además tenia un gusto exquisito para elegir ropa con gran estilo, lindos diseños y colores de moda. Precisamente estuvieron buscando el atuendo completo que Javier usaría la noche siguiente en el cumpleaños de un amigo del trabajo.

“Con esto la vas a impresionar. Créeme. Recuerda la palabra mágica: ¡personalidad!” le decía Elena mientras le escogía una camisa de seda, un pantalón “focalizado” y unos zapatos de cuero nobuck. Hacía ya algún tiempo que Javier la había elegido como su asistente personal en términos de ropa, algo de lo que nunca había sido un entendido y que por el contrario Elena disfrutaba de sobremanera.

Luego de hacer las compras fueron a cenar al patio de comidas del centro comercial y siguieron conversando acerca de la noche siguiente. Javier trataba de hacerla convencer que entre Ximena y él había nacido algo, que ahora sí estaba surgiendo la posibilidad seria de tener una relación de pareja. Elena buscaba una mayor certeza en las suposiciones que Javier le decía. “Te está haciendo lo mismo que le hizo a Pablo” le repetía una y otra vez, mientras él seguía justificando las últimas acciones. “Lo de Pablo estaba claro que era sólo una amistad, en cambio conmigo es distinto” afirmaba Javier con seguridad.

Pablo y Javier trabajaban en el mismo departamento. Más compañeros de trabajo que buenos amigos, mantenían una muy buena relación basada principalmente en similares gustos cinematográficos. Sin embargo, desde hacía algunos días, la relación se había enfriado. Un día Pablo, algo intranquilo, fue a buscar a Javier a su oficina para invitarle un café y de paso contarle algo. Javier aceptó, aunque algo nervioso ya que temía lo que estaba por venir. En la maquina de café, Pablo le contó a Javier que últimamente no se sentía bien, que estaba distraído, que había algo que le molestaba, que no sabía como manejarlo y que quería su opinión para ver como lo podía solucionar. Aún sin haber sido mencionado, Javier lo entendió todo. Pablo estaba mortificado con él. Desde que Javier y Ximena habían empezado a salir, Pablo se sentía desplazado, incluso traicionado. Pablo sentía algo más que amistad por Ximena. Y también sentía mucha amistad por Javier. Pero ahora ambos salían juntos y ninguno contaba con Pablo dentro de sus planes.

Javier evitó profundizar en la conversación y se refugió en tópicos como “esto es algo pasajero”, “tómatelo con calma”, “yo que tú, me tomaría algunos días de vacaciones para tener otra perspectiva”, entre otras frases de cliché. Pablo seguía incomodo, pero también se sentía algo más tranquilo por haberse enfrentado al problema y ser el primero en querer aclarar las cosas. Aunque en realidad fue muy poco lo que se había aclarado en esa conversación. Entre hombres es difícil expresar los sentimientos, más aún cuando se tiene a la misma mujer en medio de ambos. Javier sabía que Pablo no estaba bien. Pero también sabía que quería a Ximena y que ahora lo más importante era llegar a ella. Luego de ello ya tendría tiempo para recomponer su relación con Pablo, si este estaba dispuesto, claro.

Al día siguiente, Javier se alistaba para ir a la fiesta de cumpleaños. Recordaba los consejos de Elena, quien a pesar de no estar del todo convencida, le deseo mucha suerte en la que sería la noche en la que Javier le diría a Ximena todo lo que estaba sintiendo por ella. Javier había coordinado con el resto de los invitados, en el cual se incluía Pablo, la hora en que llegarían a casa así como también quienes se harían cargo de la compra y de la entrega de los regalos. Todo estaba preparado.

Tal como lo previó, Javier no fue el primero en llegar. Algunos amigos se habían adelantado. Pablo llegó unos minutos después que él. Se saludaron cordialmente, se sentaron en sofás distintos y luego estuvieron compartiendo con el cumpleañero y con el resto de los invitados unas cervezas en medio de una conversación trivial pero agradable. Quien aún no llegaba era Ximena. Solía ser siempre una de las primeras en llegar a todas las reuniones, pero esta vez era la excepción. Javier miraba el reloj y empezaba a impacientarse un poco. Trataba de disimular. No podía quedarse sentado en el sofá, por lo que se convirtió en una especie de camarero que iba y venía por cervezas y bocaditos. Era una forma de evitar delatar su nerviosismo ante los demás.

En uno de esos momentos en que Javier metía las cervezas en el refrigerador para que se enfriaran, tocaron a la puerta. Mucho cotilleo y algún alboroto armado especialmente por las chicas se escucharon una vez que la puerta se abrió. Era Ximena quien había llegado. Pero no había llegado sola. Había llegado de la mano de Ramón, otro compañero de trabajo.

Javier, quien veía la escena desde la ventana de la cocina, se quedo de piedra. No tenía a Ramon presente dentro de su radar alrededor de Ximena. Aunque recordó que en alguna ocasión que estuvo en casa de ella con el resto de sus amigas, estas estuvieron revisando en complicidad unas fotos en la que Ramon aparecía. Recordaba las palabras de Elena. Recordaba la conversación con Pablo. Recordaba muchas cosas. Pero lo que más recordaba era la palabra mágica: “personalidad”. Y esa personalidad le impediría hacerse ver como un desencajado, como un derrotado, como alguien que creía algo y que ahora se daba cuenta que estaba totalmente equivocado.

Javier se dirigió al salón y saludo a la nueva pareja como si nada nuevo hubiera pasado. Tomó su cerveza, se sirvió unos bocaditos y volvió a su lugar en el sofá. Por dentro quería desaparecer. Por fuera, al parecer no había ningún indicio de incomododidad. Mientras tanto las amigas de Ximena iban con ella a la cocina, riéndose, como si fueran unas colegialas, con la intención de enterarse de primera fuente, y con el mayor detalle posible, cómo había sido el inicio de la relación con Ramón. En el salón, Ramón conversaba animadamente acerca de los resultados de la Formula Uno y de los pormenores para la carrera del día siguiente. A Pablo se le veía tranquilo, impermeable, como solía comportarse habitualmente. Javier, internamente, seguía en estado de shock, pero había logrado que su incomodidad no se hiciera visible.

Poco rato después, y estando todos en el salón, el cual tenía a la nueva pareja tomada de las manos como escena principal, Javier recibe un mensaje de texto en su teléfono celular. “Nos vemos en una hora en ‘La Cueva’”. Javier leyó el mensaje, abrió un poco los ojos, hizo un leve gesto de sonrisa y guardo el teléfono como si nada hubiese ocurrido. Unos minutos después, Pablo se levanta del sofá y se despide de todos de manera cordial, como siempre, y agradeciendo al cumpleañero las atenciones dadas. El resto sigue bebiendo cerveza y conversando ahora acerca del último rumor que ha surgido en el trabajo que tiene como protagonista a un jefe y a su secretaria.

Antes de la hora, Javier termina su cerveza, se levanta y se despide de todos los asistentes a la fiesta. Ya en la calle, enciende un cigarrillo, toma un taxi y le pide al conductor que le lleve a “La Cueva”, a unos quince minutos de camino. Ingresa al bar y sólo unos pasos más allá ve a Pablo con un grupo de amigos. Pablo lo ve, va apurado hacia él, le da la mano, lo abraza fuertemente y le pasa una cerveza. “Esta ronda te la invito yo” le dice con una sonrisa de apoyo, de soporte, de amistad. Javier sonríe con emoción y, sin dejar de abrazarlo, brinda con él y con todos sus amigos. Y si bien estuvieron bebiendo y conversando durante toda la noche, nunca, ni en ese momento ni en ninguna otra ocasión, hablaron de lo que ambos sentían por Ximena ni de lo que sucedió entre ellos. Finalmente, entre hombres, hay gestos que cierran cualquier diferencia y que dicen mucho más que unas palabras más o menos bien articuladas

Bilbao, Julio de 2009
Gestos cómplices en un cumpleaños
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