“Treinta minutos o gratis”

Así rezaba la publicidad de una franquicia internacional especializada en el reparto de pizzas a domicilio. Yo sólo había tenido la oportunidad de llamarlos un par de veces en las cuales, haciendo eco de su fama, llegaron dieciocho y veinticinco minutos después de mi llamado. Pero siempre me quedaba la duda: ¿Realmente te la dan gratis si se demoran más de treinta minutos?. Un amigo me había comentado que esto sí era cierto, que él personalmente había recibido su pizza sin necesidad de pagar un solo centavo debido a la tardanza en la entrega. ¿Será verdad lo que pregonan o es que en realidad son tan buenos que siempre llegan antes de los famosos treinta minutos?

Sucedió que un martes alrededor de las ocho de la noche, me encontraba con mi madre y mi hermano viendo televisión y se nos provoco pedir una pizza vegetariana. El pedido se duplicó ya que justo ese día tenían una promoción especial de dos pizzas por el precio de una. Una atenta señorita me tomo el pedido por teléfono al mismo tiempo en el que yo miraba mi reloj: ocho y quince de la noche. A mas tardar a las ocho y cuarenta y cinco debían de llegar las pizzas a mi casa.

A las ocho y cuarenta ya estamos atentos al toque de puerta del repartidor. Sin embargo este no llegaba. Y no llegó tampoco a la hora limite de las ocho y cuarenta y cinco. Recuerdo que le dije a mi hermano: ¡Ahora si que vamos a saber si es verdad que te lo dan gratis!

El repartidor llegó a las ocho y cincuenta (cinco minutos mas tarde). Era un muchacho de mediana estatura, delgado, trigueño que mostraba una cara de cansancio como si hubiera repartido pizzas desde las siete de la mañana sin parar.

– Su pedido señor: Dos pizzas vegetarianas y una gaseosa de litro y medio. Son treinta y…

– Un momento amigo. ¿Te has fijado que hora es? Te has demorado treinta y cinco minutos y según la publicidad este pedido debe ser gratis.

– Disculpe señor pero según mi reloj recién son treinta minutos.

– ¿Estas seguro? Fíjate la hora que aparece en el ticket y mira nuevamente tu reloj. Son exactamente treinta y tres minutos, según tu reloj, los que han pasado desde que se emitió el pedido.

– Pero señor, el ticket debe estar equivocado. ¿Cómo cree que yo me voy a demorar en llegar tanto desde aquí nomás en la avenida?. Además mientras que estamos conversando el tiempo ha pasado pues.

– Mira amigo, ahora mismo llamo a la central de pedidos a decirle que usted ha llegado cinco minutos mas tarde y por tanto me corresponde las pizzas gratis.

Llame nuevamente a la central de pedidos y esta vez la señorita ya no tenía una voz tan atenta:

– Llame al driver por favor – me indico luego de contarle mi historia.

Hice pasar al muchacho a mi casa y le alcance mi teléfono. No habrán pasado mas de dos segundos hasta que colgó el auricular. La chica le había dicho que era su problema y que él vea como se la arreglaba. Eso era muy lógico para ella ya que al final sí era cierto que las pizzas eran gratis para el cliente, pero no para el repartidor quién debía ser finalmente la persona que reponía ese dinero.

– Yo no he llegado tarde señor, usted ha adelantado su reloj, usted ha…

– Espera un segundo. ¿Sabes que? Yo de saber que tú eras quien tenias que poner el dinero por no entregar a tiempo la pizza te hubiera dado la plata sin problemas. Pero ahora no te pienso dar ni un céntimo por deshonesto y mentiroso. Por decir que no habías llegado tarde y tratar de buscar excusas fáciles. Así que lo siento mucho y retírate de mi casa. Y muchas gracias por la pizza.

El muchacho se retiro cabizbajo no sin antes abrir un sobrecito de Ají Pizza y tirar su contenido en la puerta de mi casa al mismo tiempo que murmuro algo así como “Te vas a acordar de esta pizza”. Lo dijo tan bajo que prácticamente me paso desapercibido. Yo estaba preocupado de mis pizzas gratis que iba a compartir con mi familia. Y así fui donde ellos y les conté lo sucedido. Finalmente si era cierto eso de “treinta minutos o gratis”.

Lo que hubiera sido una comida alegre y abundante se convirtió en triste y penosa. Todos nos quedamos pensando en el muchacho y en el descuento que iba a sufrir. Nos quedamos con un sentimiento de culpa interno muy grande. Tal era que estuvimos sin hablar mas de diez minutos hasta que mi hermano dijo:

– Eso lo recupera en una noche.

A lo que mi mama y yo al mismo tiempo asintamos con la cabeza.

Terminamos de comer y rápidamente recogimos los desperdicios, los llevamos al tacho de la basura y nos fuimos a acostar.

En la madrugada me desperté muy preocupado al escuchar a mi hermano que estaba quejando de un dolor muy fuerte a la altura del estomago. Mi madre, que se encontraba en el segundo piso, se despertó también y preocupada bajo las escaleras y se dirigió apurada hacia el cuarto de mi hermano. Lamentablemente a mitad de su corrida se resbalo con un pedazo de tomate envuelto en mozarella que se había caído al momento de llevar los desperdicios al tacho de la basura, cayendo al suelo y torciéndose, de paso, el tobillo derecho. Debieron verme esa madrugada haciendo entrar a mi mamá y a mi hermano al auto y llevándolos de emergencia a la clínica más cercana. Mi mamá se había fracturado el tobillo, lo cual la obligaría a llevar una bota de yeso durante treinta días y a mi hermano le diagnosticaron una gastroenterocolitis aguda que lo tendría en descanso medico por una semana (justo en su semana de exámenes finales en la Universidad) y una dieta blanda también de un mes de duración.

Ya de mañana fui a mi trabajo y pedí permiso a mi jefe para salir temprano y así poder atender a mi mamá y a mi hermano a lo que él accedió sin ningún problema. En la tarde llame a mi enamorada por teléfono para contarle todo lo sucedido y pedirle que me acompañara mas tarde al supermercado para comprar la comida para toda la semana y de paso las medicinas que le habían recetado a mi familia.

Nos encontramos a las siete de la noche frente al supermercado y mientras le iba contando toda la mala noche que había pasado, iba buscando y seleccionando las cosas que necesitaba. Al momento de salir y dirigirme a mi auto veo que junto a el se encuentra una chica con quien estuve saliendo poco antes de empezar mi relación con mi enamorada.

– Así que finalmente conozco a la chica por la cual me dejaste. ¡Que Simpática!. Hola soy Melissa. Me imagino que Eduardo te habrá hablado de mí. ¿No?. No te puedo creer.

Mi enamorada, boquiabierta, no atinaba ni a moverse ni a decir nada. Yo estaba que quería matar a Melissa por las cosas que decía. Sin embargo también a mí me dejo sorprendido.

– ¿Y ya tuvieron sexo?. Porque eso sí, en eso no me puedo quejar. Eduardo era un tigre en la cama. ¡Uy! qué cosa no habremos hecho. ¿Ya pidió hacerlo sobre la silla?. Al principio tenia miedo de caerme pero Edu me sostenía muy bien…

No termino la ultima frase y mi enamorada, con la cara llena de lagrimas, salió corriendo a tomar el primer taxi que encontraba. Por otro lado me acerque donde Melissa con la intención de darle una bofetada a lo cual ella retrocedió y también salió corriendo hacia la otra dirección. En ese momento tuve una muy extraña sensacion ya que vi que Melissa llevaba puesto un polo con el logo en la espalda de la empresa de pizzas a la que habia llamado el día anterior y por si fuera poca la imagen, veía como ella se iba alejando bajo la sombra de un gran letrero luminoso que anunciaba “treinta minutos o gratis”.

En ese momento reaccioné e instantáneamente subí a mi auto y me fui hacia la central de pedidos de las pizzas a domicilios a buscar a muchacho del día anterior. Luego de hablar con varias personas finalmente logre conversar con el administrador del local quien me dijo que el muchacho había renunciado hoy por la mañana y que no sabia nada mas de él. Le pregunte por su dirección y no me pudo dar razón al igual que cuatro personas mas que se encontraban de turno en ese instante. Ya estaba por retirarme del lugar cuando se me acerca un muchacho muy pequeño (al parecer con un problema de hipotiroidismo o algo así) que trabajaba en la limpieza que me ofreció la dirección del sujeto a cambio de unos cuantos billetes. Estaba tan desesperado que ni siquiera dude si es que era cierta o no la información. Solo sé que le deje como cincuenta soles y salí apurado en busca de la casa del repartidor.

Vivía al lado del mar, en los acantilados. Seguí las indicaciones del papel y estacione a un costado de la pista. Todo estaba muy oscuro y hacia mucho frío. Solo se escuchaba el ruido de las olas y uno que otro bocinazo de la carretera. Cuando empezaba a pensar que había perdido los cincuenta soles más estúpidos de mi vida vi en medio de la niebla una pequeña covacha que se veía como iluminada por una vela. Me dirigí hacia ella y mientras más me acercaba a ella, mas sentía que de ahí provenía un olor muy particular que no lograba recordar en ese momento.

– ¿Hay alguien en casa?

Nadie me respondió, así que me envalentone y decidí empujar la puerta para poder entrar, cosa que logre sin mucho esfuerzo. Lo que vi en ese momento fue una mezcla entre extraño y macabro. Era un único cuarto con todas las paredes empapeladas con la publicidad de “treinta minutos o gratis”; una decena de masas sicilianas colgando del techo acompañando a otros tantos paquetes de salame, salchichón y jamón ingles; a un lado una repisa con una pirámide formada de tomates sobre los cuales se había derretido queso mozarella; miles de sobrecitos de ají pizza y orégano tirados en el piso, el cual este último, servía para quemarse en una pequeña cocinilla originando el olor que sentí al momento de mi ingreso; al frente había otra repisa con una pecera llena de anchoas (muertas por ciertas) y con champignones alrededor. Pimientos, cebollas y aceitunas verdes y negras “decoraban” otro rincón del cuarto. Pero lo más sorprendente de todo era la pared del frente: en ella colgaba una gran “Meat Loaf” del tamaño de una rueda de camión, flanqueda por dos velitas misionera que le daban un aire de misticismo a la imagen y más abajo, como una especie de “totem pizzero” de mayor a menor tamaño, había una “Suprema” familiar, una “Hawaiana” grande, una “Vegetariana” mediana y finalmente una “Americana” personal.

Me acerque hacia la Meat Loaf y vi que sobre ella habían muchos papelitos, que en realidad eran los tickets de reparto de la pizzeria con el nombre y la dirección del cliente, pinchados con alfileres. Cerca al centro, entre una rodaja de salame y una tira de tocino, vi uno de esos papelitos con mi nombre y mi dirección.

– ¿Quién esta ahí?

Sólo vi la silueta de una persona delgada de mediana estatura que estaba parado bajo la puerta y que llevaba en la mano derecha uno de esos cuchillos redondos que sirven para cortar la pizza en pedazos. Solo atiné a arrancar mi papel de la gran pizza y salir corriendo gritando, atropellando a la persona que estaba en la puerta y dirigiéndome velozmente a mi auto. Lo único que pude ver fue que la persona, que quedo tirada en el piso, se estaba tratando de levantar pero lentamente, sin ningún apuro. Encendí mi auto y me fui rápidamente del lugar.

No sé si todo esto fue verdad, ilusión, sugestión o producto de la casualidad. En todo caso luego de ese día no me volvieron a suceder nuevas tragedias, o por lo menos no juntas, y las cosas mejoraron a como estaba antes: mi mama se recuperó del tobillo, a mi hermano le aceptaron dar sus exámenes en otra fecha y después de mucho “trabajar” pude regresar con mi enamorada. Sólo como cábala personal, nunca más volví a pedir pizza a domicilio por más promociones que me ofrecían y cambie mis hábitos alimenticios “a domicilio” hacia el pollo frito, sin importar además que en este momento, finalizando este relato, tenga muchas ganas de comerme una pizza vegetariana.

Treinta minutos o gratis

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Una respuesta a ““Treinta minutos o gratis”

  1. y ahora quien me quita a mi las ganas de comer pizza?…solo que de ninguna manera llamare a esas ofertas de 30minutos porque lo mas probable es que al final de todo termine buscando la casa del tipo al borde del acantilado.

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