El regreso

Se volvían a ver después de un mes sin ningún tipo de contacto. El la llamó la noche anterior para invitarla a salir. Ella se lo pensó un poco pero finalmente aceptó la invitación. Quedaron en encontrarse en un pub de moda a eso de las diez de la noche. Fueron pareja durante un corto pero efusivo periodo. Tuvieron peleas, noches apasionadas y se dijeron frases alternadas de dolor y cariño. Deambularon ese tiempo entre el odio intenso y el amor sin restricciones.

Habían cortado tres meses antes. Desde entonces fueron pocas las veces que coincidieron en alguna fiesta o reunión. Se evitaban. Sólo se saludaban y se despedían con una hipócrita cordialidad. Sin embargo la última vez se cruzaron más de una mirada y cada uno vio en el rostro del otro lo que creían que era el reflejo de sus sentimientos. El seguía enamorado de ella e intentaría recuperarla a cualquier precio. Ella aún lo quería pero su fuerte e irracional orgullo no le dejaba demostrar su querer.

Llegaron casi en simultáneo a la cita, eligieron una mesa y pidieron una jarra de sangría para acompañar una pizza cuatro quesos, la favorita de ambos. Él, con un cigarrillo en la mano, le contaba de la oferta de trabajo que acababa de recibir de una importante empresa transnacional. Ella, jugando con el dije de su collar, le contó de la promoción que había conseguido en la compañía publicitaria para la cual trabajaba.

Ambos sabían que la cita era para tratar temas más personales que lo referente a sus expectativas profesionales. Él decidió romper la vacua conversación para decirle que la extrañaba mucho, que separarse había sido un error y que estaba seguro que ella era la mujer con la que quería compartir su vida. Entretanto ella dominaba su nerviosismo y con una actitud defensiva evadía sus preguntas o trataba de cambiar de tema. Aunque dentro de sí disfrutaba del momento y se sentía halagada por lo que su ex le decía.

— Haría lo que sea por regresar contigo y esta vez para siempre.

Ella se rio con una carcajada y luego dio un largo sobro a su vaso de sangría. Estaba acostumbrada a sus inesperados disparates.

— ¡Es en serio! — le ratificó el enamorado mientras le cogía la mano con fuerza.

Se miraron fijamente a los ojos y luego de un silencio ella, fría y con malicia, le respondió:

— ¡Córtate un dedo!

La frase sorprendió y dejo desconcertado a su acompañante. Él tomó aire y con mucha seguridad le contestó:

— Esta bien ¡pero me lo cortas tú!

Ella asintió con la misma mirada fijada en los ojos de su pareja y con las manos de ambos entrelazadas con firmeza.

Tomaron el primer taxi libre y se dirigieron a la casa del decidido pretendiente. Él sabía que en su cocina encontraría el utensilio apropiado para realizar el corte. Durante todo el trayecto permanecieron en silencio, sin dirigirse palabra alguna, con las miradas perdidas tras las ventanillas del vehículo. Él era consciente que su estúpida osadía era lo más acertado para resolver la indefinición de su relación. Ella tenía ganas de decirle que no lo hiciera, que sí lo quería, que no era necesario su sacrificio; pero se contuvo. Quería saber hasta dónde llegaría, si al final sus palabras corresponderían con los hechos.

Recogió el cuchillo y fueron corriendo al parque que quedaba a pocos metros de la casa, aquel donde habían pasado tardes enteras tirados en el césped, esperando el anochecer. Era medianoche, el parque tenía muy poca iluminación y estaba desolado. Ubicaron una banca bajo la sombra de un gran árbol y se sentaron frente a frente.

— ¿Todavía lo quieres hacer? — preguntó ella con nerviosismo.

— Sí ¿Y tú? — respondió él de la misma forma.

— ¡Sí! — contestó ella con dureza, dejando de lado sus nervios.

Se prepararon para el acto y cada cual tomó su posición. Él se sentó sobre la hierba y puso uno de sus dedos sobre el asiento de madera. Ella colocó cada una de sus piernas a ambos lados de la banca y tomó el cuchillo con sus dos manos. Una vez más se miraron fijamente y al mismo tiempo ella levantó el cuchillo sin premura, poco a poco, hasta la altura de su cabeza. Sus ojos se humedecieron y una sensación gélida le recorrió por todo su cuerpo. En ese instante su pareja mostró por primera vez el miedo en su rostro y le dijo:

— ¡Te amo mujer!

Ella, con la cara manchada producto de las lágrimas y el maquillaje corrido, contuvo el llanto y con fuerza apretó sus dientes y cerró sus ojos. A continuación, con voz quejumbrosa, le dijo:

— ¡Yo también!

Ella bajó el cuchillo con celeridad y le cercenó. Un grito ensordecedor se escuchó en todo el vecindario pero ningún residente quiso saber de dónde provenía. El dedo saltó hacia el jardín y el pedazo restante lanzó un chorro de sangre que parecía de nunca acabar. El episodio concluyó según lo que habían previsto y ellos mantuvieron sus posiciones durante un rato largo.

Semanas después de aquella singular noche la pareja se casó en la parroquia que quedaba a la espalda del parque del suceso. Fue una ceremonia en la que asistieron muchos de los amigos de la pareja que siempre creyeron que algún día ambos estarían juntos en el altar. El único que no esperaba una boda diferente fue el sacerdote que ofició el sacramento: su cara de sorpresa fue muy evidente cuando la novia le atornilló la nueva prótesis con el anillo de matrimonio incrustado en la mano de su flamante esposo.

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El regreso

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Una respuesta a “El regreso

  1. esa historia “me dio cosa”, como decia el doctor chapatin, jajajaja… definitivamente cuando te vea contare tus deditos a ver si cualquier parecido a la realidad es pura coincidencia..Srta. Insomne de Vacaciones

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